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Tenían razón mis amantes en eso de que, antes,
el malo era yo, con una excepción:
esta vez, yo quería quererla querer y ella no.
Así que se fue, me dejó el corazón en los huesos
y yo de rodillas desde el taxi, y, haciendo un exceso,
me tiró dos besos… uno por mejilla.

 No pido perdón, ¿para qué? Si me va a perdonar porque ya no le importa…

Tanto la quería, que, tardé, en aprender
a olvidarla, diecinueve días y quinientas noches.

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